lunes, 6 de octubre de 2014

CAPITULO 24




PAULA


Gonzalo: ¿Quieres ir a cenar? ¿A qué hora sales del trabajo?


Yo: En diez minutos. ¿Dónde nos encontramos?


Gonzalo: Estamos cerca. Tendremos que encontramos en frente.


¿Estamos?


No puedo pasar por alto la emoción que me inunda con ese mensaje.


Sin duda, el estamos significa él y Pedro. No puedo pensar en nadie más que vendría con Gonzalo, y sé que Pedro llegó a casa anoche.


Termino el último de mis papeles de trabajo, y luego hago una parada en el baño para comprobar mi cabello (odio que me importe), antes de salir a su encuentro.


Los tres están de pie cerca de la entrada cuando salgo. Ian y Pedro están con Gonzalo. Ian sonríe cuando me ve, ya que él es el único de frente a mí. Gonzalo se da vuelta cuando los alcanzo.


—¿Lista? Vamos a Jack’s.


Son absolutamente un grupo. Todos guapos a su manera, pero más aún cuando están luciendo sus chaquetas de piloto y caminando en grupo de esa forma. No puedo negar que me siento un poco mal vestida, caminando al lado de ellos en mi uniforme. —Vamos —le digo—. Estoy
hambrienta.


Echo un vistazo a Pedro, y él me da el más mínimo asentimiento, pero ni una sonrisa. Sus manos están firmemente plantadas en los bolsillos de su chaqueta, y mira hacia otro lado, mientras todos comienzan a caminar. Se queda un paso por delante de mí todo el tiempo, así que
camino junto a Gonzalo.


—¿Cuál es el motivo? —pregunto a medida que nos dirigimos hacia el restaurante—. ¿Estamos celebrando el hecho de que los tres no trabajan la misma noche?


Una conversación silenciosa pasa a mí alrededor. Ian mira a Pedro. Gonzalo mira a Ian. Pedro no mira a nadie. Él mantiene sus ojos fijos hacia adelante, centrándose en la acera.


—¿Recuerdas cuando éramos niños y mamá y papá nos llevaban a La Caprese? —pregunta Gonzalo.


Recuerdo esa noche. Nunca he visto a mis padres más felices. No podría haber tenido más de cinco o seis años, pero es uno de los pocos recuerdos que tengo de esa temprana edad. Fue el día en que mi padre se convirtió en Capitán de su compañía aérea.


Me detengo en seco y miro inmediatamente a Gonzalo. —¿Te has vuelto Capitán? No puedes ser Capitán. Eres demasiado joven. —De hecho sé cuán difícil es volverse Capitán y cuántas horas de vuelo el piloto debe tener para ser considerado. La mayoría de los pilotos en sus veinte años son copilotos.


Gonzalo niega con la cabeza. —No me volví Capitán. He cambiado demasiado de aerolíneas. —Coloca su mirada en Pedro —. Pero el señor Regístrame En Más Horas aquí tuvo una linda promoción hoy. Rompió el récord de la compañía.


Miro a Pedro, y él está moviendo la cabeza hacia Gonzalo.


Puedo decir que está avergonzado de que él simplemente lo dijera, pero su modestia es sólo una cosa más que encuentro atractiva. Tengo la sensación de que si a
su amigo Augusto lo hubieran convertido en Capitán, estaría subido a cualquier barra, anunciándolo al mundo entero con un megáfono.


—No es la gran cosa —dice Pedro—. Es una aerolínea regional. No hay mucha gente para ascender.


Ian niega con la cabeza. —No me han ascendido. A Gonzalo no lo han ascendido. A Augusto no lo han ascendido. Has estado en esto un año menos que cualquiera de nosotros, por no mencionar el hecho de que sólo tienes veinticuatro. —Él se da vuelta y camina hacia atrás, frente a nosotros—. Abandona la modestia por una vez, hombre. Frótalo en nuestras caras un poco. Lo haríamos si los papeles estuvieran invertidos.


No sé cuánto tiempo han sido amigos, pero me gusta Ian. 


Puedo decir que él y Pedro son cercanos, porque Ian está realmente orgulloso de él, y no del todo celoso. Me gusta que estos sean los amigos de Gonzalo. Me hace feliz que tenga este apoyo. Siempre lo he imaginado viviendo aquí,
trabajando demasiado, pasando todo su tiempo solo y lejos de casa. Sin embargo, no sé por qué. Nuestro padre era piloto, y estaba en casa una justa cantidad de tiempo, así que no debería tener ideas erróneas cuando se trata de la vida de Gonzalo como piloto.


Supongo que él no es el único que se preocupa innecesariamente por su hermana.


Llegamos al restaurante, y Gonzalo mantiene la puerta abierta para nosotros. Ian camina primero, y Pedro da un paso atrás, permitiéndome pasar delante de él.


—Voy al baño —dice Ian—. Los encontraré chicos.


Gonzalo camina hacia el puesto de la anfitriona, y Pedro y yo nos quedamos detrás. Robo un vistazo en dirección a Pedro —Felicitaciones, Capitán.


Lo digo en voz baja, pero no sé por qué. No es como si Gonzalo tendría sospechas si me escuchara felicitando a Pedro. Supongo que si lo digo en un tono que sólo Pedro pueda escuchar, hay más significado detrás de ello.


Pedro encuentra mi mirada y sonríe, luego mira a Gonzalo. Cuando ve que él sigue de espaldas a nosotros, se inclina y planta un beso rápido a un lado de mi cabeza.


Debería estar avergonzada de mi debilidad. Un hombre no debería ser capaz de hacerme sentir como ese beso robado me hizo sentir. Es como si de repente estoy flotando o nadando o volando. Cualquier cosa que no requiera el apoyo de las piernas, ya que se han vuelto en inútiles para mí.


—Gracias —susurra, aún luciendo esa hermosa, pero de alguna manera modesta, sonrisa. Le da un codazo a mi hombro con el suyo y baja la mirada a sus pies—. Te ves bonita, Paula.


Quiero enmarcar esas cuatro palabras en una valla publicitaria y exigirme pasarla en mi camino al trabajo todos los días. Nunca faltaría al trabajo de nuevo.


Por mucho que quiero creer que está siendo sincero con su
cumplido, frunzo el ceño y bajo la mirada hacia el uniforme que he usado durante doce horas seguidas. —Estoy usando un uniforme de Minnie Mouse.


Se inclina hacia mí otra vez, hasta que nuestros hombros se tocan.


—Siempre he tenido algo por Minnie Mouse —dice en voz baja.


Gonzalo se da la vuelta, así que quito inmediatamente la sonrisa de mi rostro. —¿Barra o mesa?


Pedro y yo nos encogemos de hombros. —Cualquiera —dice él.


Ian regresa del baño al mismo tiempo que la anfitriona nos conduce a nuestros asientos. Gonzalo e Ian lideran el camino, y Pedro me sigue de cerca. Muy cerca. Su mano se apodera de mi cintura mientras se inclina hacia delante, hacia mi oreja. —Como que también tengo algo por las enfermeras —susurra.


Levanto mi hombro para frotar la oreja en la que acaba de susurrar su admisión, porque ahora todo mi cuello está cubierto de escalofríos. Él libera mi cintura y pone distancia entre nosotros cuando llegamos a la cabina. Gonzalo e Ian se sientan uno en cada lado. Pedro se sienta junto a Ian, así que yo me siento junto a Gonzalo, justo enfrente de Pedro.


Pedro y yo pedimos refrescos, en comparación con las cervezas de Ian y Gonzalo. Su elección de bebidas es sólo una cosa más para reflexionar. Hace varias semanas, admitió que no suele beber, pero teniendo en cuenta que se hallaba más que demacrado la primera noche que lo conocí, imaginé que tendría al menos un trago esta noche. Sin duda
tenía una razón para celebrar. Cuando las bebidas son traídas a la mesa, Ian levanta su vaso. —Por enseñarnos —dice él.


—Una vez más —añade Gonzalo.


—Por trabajar el doble de horas que cualquiera de los dos —dice Pedro, fingiendo estar a la defensiva.


—Gonzalo y yo en verdad tenemos vidas sexuales que interfieren con el trabajo de horas extras —replica Ian.


Gonzalo niega con la cabeza. —No hables de mi vida sexual delante de mi hermana.


—¿Por qué no? —Empiezo a hablar—. No es como si no notara todas las noches que pasas fuera del apartamento cuando no estás trabajando.


Gonzalo gime. —Lo digo en serio. Cambia de tema.


Le concedo su petición con mucho gusto. —¿Hace cuánto tiempo se conocen ustedes tres? —Hago la pregunta a nadie en particular, excepto que sólo me preocupo por escuchar las respuestas que involucran a Pedro.


—Pedro y yo conocemos a tu hermano desde la escuela de vuelo, hace unos años. He conocido a Pedro desde que tenía nueve o diez —dice Ian.


—Los dos teníamos once —lo corrige Pedro—. Nos conocimos en el quinto grado.


No tengo ni idea de si esta conversación está rompiendo la regla de no preguntar sobre el pasado, pero Pedro no parece incómodo hablando de ello.


La camarera nos trae una cesta de pan, pero ninguno de nosotros siquiera ha abierto un menú, por lo que nos dice que volverá a tomar nuestra orden.


—Todavía no puedo creer que no eres gay —le dice Gonzalo a Pedro, cambiando completamente el tema de nuevo, mientras abre su menú.


Pedro se asoma por encima de su menú. —Pensé que no hablaríamos de la vida sexual.


—No —dice Gonzalo—. Dije que no hablaríamos de mi vida sexual. Además, no tienes ni siquiera una que discutir. —Gonzalo puso su menú sobre la mesa, mirando directamente a Pedro—. Sin embargo, en serio, ¿Por qué nunca sales?


Pedro se encoge de hombros, más interesado en la bebida entre sus manos que en tener que mirar a mi hermano. —El resultado final de las relaciones no vale la pena para mí.


Algo en mi corazón se rompe, y empiezo a preocuparme de que uno de los chicos en realidad pueda oírlo fragmentarse en silencio. Gonzalo se inclina hacia atrás en el asiento.


—Maldita sea. Ella debió ser una perra importante.


Mis ojos de repente están pegados a Pedro, a la espera de su respuesta ante una posible revelación de su pasado. Él da una ligera sacudida de cabeza, desestimando en silencio la suposición de Gonzalo. Ian se aclara suavemente la garganta, y su expresión cambia mientras pierde la sonrisa que normalmente ocupa su rostro. Es obvio, por la reacción de Ian, que sin duda conoce cualquier asunto del pasado de Pedro.


Ian se sienta con la espalda recta y levanta su vaso, forzando una sonrisa en sus labios. —Pedro no tiene tiempo para chicas. Está demasiado ocupado rompiendo records en la compañía al convertirse en el Capitán más joven que nuestra aerolínea haya visto jamás.


Tomamos la interrupción de Ian como lo que es, y levantamos nuestros vasos. Los chocamos juntos, y cada uno toma del suyo.


La mirada apreciativa que Pedro le dispara a Ian no me pasa
desapercibida, aunque Gonzalo parece estar despistado. 


Ahora estoy aún más curiosa por Pedro. E igualmente preocupada por estar perdiendo mi cabeza, ya que cuanto más tiempo paso con él, más quiero saber todo lo que le concierne.


—Tenemos que celebrar —dice Gonzalo.


Pedro mueve su menú desplegable. —Pensé que eso era lo que hacíamos.


—Quiero decir después de esto. Vamos a salir esta noche. Tenemos que encontrar una chica para poner fin a tu sequía —dice Gonzalo.


Casi escupo mi bebida, pero por suerte, soy capaz de contener mi risa. Pedro se da cuenta de mi reacción y me golpea el tobillo debajo de la mesa con el pie. Luego lo deja justo al lado del mío.


—Estaré bien —dice Pedro—. Además, el Capitán necesita descansar.


Todas las letras en el menú comienzan a desdibujarse cuando mi mente las reemplaza con palabras como fin, periodo de sequía y descansar.


Ian mira a Gonzalo y asiente. —Yo iré. Deja que el Capitán vuelva a su apartamento y duerma por los efectos de su cola.


Pedro me mira fijamente y se ajusta ligeramente en su asiento de modo que nuestras rodillas se tocan. Envuelve el pie en la parte trasera de mi tobillo. —Dormir en realidad suena muy bien —dice. Cambia su mirada de mí hacia el menú en frente de él—. Dense prisa y ordenen, así puedo
volver a mi apartamento y dormir. Se siente como que no he dormido en más de nueve días, y es en todo lo que he sido capaz de pensar.


Mis mejillas arden, junto con algunas otras áreas de mi cuerpo.


—De hecho, como que tengo la necesidad de conciliar el sueño en este momento —dice Pedro. Levanta los ojos para encontrarse con los míos—. Aquí mismo en la mesa.


Ahora la temperatura en el resto de mi cuerpo coincide con el calor en mis mejillas.


—Dios, eres defectuoso —dice Gonzalo, riendo—. Debimos traer a Augusto en tu lugar.


—No, no debimos traerlo —dice Ian inmediatamente rodando exageradamente sus ojos.


—¿Cuál es el trato con Augusto? —pregunto—. ¿Por qué lo odian tanto?


Gonzalo se encoge de hombros. —No es que lo odiemos. 


Simplemente no podemos soportarlo, y ninguno de nosotros se dio cuenta de ello hasta después de que ya lo habíamos invitado a nuestras noches de juego. Es un idiota. —Gonzalo me lanza esa mirada demasiado familiar—. Y no te quiero nunca a solas con él. Estar casado no le impide ser un imbécil.


Y allí está el posesivo, el amor fraternal que me he perdido todos estos años.


—¿Es peligroso?


—No —dice Gonzalo—. Sólo sé cómo trata su matrimonio, y no quiero que te involucres con eso. Pero ya he dejado en claro que tú estás fuera de los límites.


Me río de sus absurdas palabras. —Tengo veintitrés años, Gonzalo.Puedes dejar de actuar como papá ahora.


Su rostro se contrae, y por un segundo, hasta comienza a parecersea nuestro padre. —Por supuesto que no lo haré. —Gonzalo gruñe—. Eres mi hermana pequeña. Tengo estándares para ti, y Augusto ni de cerca cumple uno solo de ellos.


Él no ha cambiado nada. Tan molesto como fue en la escuela secundaria, y todavía es el mismo tipo, amo que él quiera lo mejor para mí.


Aunque tengo miedo de que su versión de lo que es mejor para mí no exista.


—Gonzalo, ningún hombre jamás se acercará a las normas que has establecido para mí.


Él asiente, poniéndose todo honrado. —Claro que sí.


Si él le advirtió a Augusto que se mantenga alejado de mí, me pregunto si le advirtió a Pedro y a Ian, también. Por otra parte, él pensó que Pedro era gay, así que probablemente no vio una posibilidad allí.


Me pregunto si Pedro cumpliría con los estándares de Gonzalo.


Mis ojos quieren mirar tanto a Pedro en este momento, pero me temo que sería demasiado obvio. En su lugar, fuerzo una sonrisa y niego con la cabeza. —¿Por qué no pude nacer primero?


—No habría hecho una diferencia —responde Gonzalo.

CAPITULO 23



PEDRO


Seis años antes…



Todo es mejor ahora que tengo a Romina.
Quedarme dormido es mejor sabiendo que Romina duerme justo al
otro lado del pasillo.
Despertarse es mucho mejor sabiendo que Romina
se está despertando al otro lado del pasillo.
Ir a la escuela es mejor, ahora que vamos juntos.
—Hay que faltar hoy —Le digo a Romina cuando aparcamos en el
estacionamiento de la escuela.
Estoy seguro de que saltarse clases es incluso mejor con Romina.
—¿Qué pasa si nos atrapan?
No suena como si realmente le preocupara que nos atraparan.
—Espero que nos atrapen —digo—. Eso significaría que estaremos
castigados. Juntos. En la misma casa.
Mis palabras hacen a Romina sonreír. Se estira en el asiento y
desliza su mano en mi cuello. Amo cuando hace eso.
—Estar castigada contigo suena muy divertido. Hay que hacerlo —Se
endereza y me da un simple y rápido toque en los labios.
Los besos simples son mejores cuando vienen de Romina.
—Haces que todo sea mejor —digo—. Mi vida. Es mejor
contigo en ella.
Mis palabras hacen sonreír a Romina otra vez. Romina no lo sabe,
pero cada palabra que hablo es dicha por esa sola razón. Para
hacerla sonreír.
Salgo del estacionamiento y le digo a Romina que vamos a la
playa. Dice que quiere su traje de baño, así que vamos a
casa primero, por nuestros trajes de baño. También empacamos el
almuerzo y una toalla.
Vamos a la playa.
Romina quiere broncearse mientras lee.
Yo quiero ver a Romina broncearse mientras lee.
Está recostada en su estómago, apoyada en sus codos. Descanso la
cabeza en mis brazos y la miro.
Mis ojos siguen las curvas de sus hombros… la
oscilación de su espalda… la manera en que sus rodillas
están dobladas y sus piernas están levantadas en el aire con los pies
cruzados en los tobillos.
Romina está feliz.
Hago a Romina feliz.
Hago la vida de Romina mejor.
Su vida es mejor conmigo en ella.
—Romina—susurro.
Pone su marca páginas dentro del libro y lo cierra, pero
no me mira.
—Quiero que sepas algo.
Asiente, pero cierra sus ojos como si quisiera enfocarse
en mi voz y en nada más.
—Cuando mi mamá murió, dejé de creer en Dios.
Descansa la cabeza en sus brazos y mantiene los ojos cerrados.
—No creía que Dios hiciera que alguien tuviera que atravesar ese
dolor físico. No creía que Dios fuera capaz de hacer a alguien pasar
por algo tan feo.
Lágrimas caen de los ojos cerrados de Romina.
—Pero cuando te conocí, y cada día desde entonces, me he
preguntado cómo puede siquiera haber alguien tan hermoso si no
existiera un Dios.
Me he preguntado cómo alguien puede hacerme tan increíblemente
feliz si Dios no existiera. Y he comprendido… justo
ahora…. que Dios nos da lo feo para que no tomemos
las cosas hermosas de la vida a la ligera.
Mis palabras no hicieron a Romina sonreír.
Mis palabras hicieron que Romina frunciera el ceño.
Mis palabras hicieron a Romina llorar.
—Pedro—susurra.
Dice mi nombre tan calladamente, como si no quisiera que
la oyera.
Me mira, y puedo ver que este momento no es uno de los más
hermosos para ella. No como lo es para mí.
—Pedro… tengo un retraso.

domingo, 5 de octubre de 2014

CAPITULO 22




PAULA



Pedro: ¿Estas ocupada?


Yo: Siempre ocupada. ¿Qué pasa?


Pedro: Necesito tu ayuda. No tomará mucho.


Yo: Estaré allí en cinco.


Debí haberme dado diez minutos en vez de cinco, porque no he tomado una ducha hoy. Después de un turno de diez horas anoche, estoy segura que necesito una. Si hubiese sabido que él estaba en casa, una ducha hubiera sido mi prioridad número uno, pero pensé que no regresaba hasta mañana.


Sujeto mi cabello en un moño flojo y me cambio mis pantalones de piyamas por unos vaqueros. Aún no es mediodía, pero estoy avergonzada de admitir que todavía me encontraba en la cama.


Él grita que entre después de que toco a su puerta, así que la abro.


Está de pie sobre una silla, cerca de una de las ventanas de la sala. Baja la mirada hacia mí, luego asiente en dirección a una silla.


—Agarra esa silla y tráela justo acá —dice, señalando un punto a unos metros de él—. Estoy intentando medir estas, pero nunca antes he comprado cortinas. No sé si se supone que mida desde fuera del marco o sólo la ventana.


Bueno, que me condenen. Está comprando cortinas.


Empujo la silla al otro lado de la ventana y subo en ella. Me entrega el final de la cinta métrica y comienza a tirar.


—Todo depende de qué tipo de cortinas quieras, por lo que deberías tomar medidas para ambas —sugiero.


Está vestido de forma casual otra vez, en un par de vaqueros y una camisa azul oscuro. De alguna forma, el azul oscuro en su camisa hace que sus ojos luzcan menos azules. Los hace ver claros. Casi transparentes, pero sé que eso es imposible. Sus ojos son cualquier cosa menos
transparentes, no con esa pared que mantiene detrás de ellos.


Anota la medida en su teléfono, y luego toma una segunda. 


Cuando tiene ambas anotadas en su teléfono, nos bajamos y empujamos las sillas debajo de la mesa.


—¿Que tal una alfombra? —pregunta, mirando al piso debajo de la mesa—. ¿Crees que debería conseguir una alfombra?


Me encojo de hombros. —Depende de lo que te guste.


Asiente lentamente, aún mirando al piso desnudo.


—Ya no sé lo que me gusta —dice tranquilamente. Lanza la cinta métrica al sofá y me mira—. ¿Quieres venir?


Me abstuve de asentir inmediatamente. —¿A dónde?


Quita el cabello de su frente y alcanza su chaqueta tirada sobre el respaldo del sofá. —A donde sea que las personas compran cortinas.


Debería decir no. Escoger cortinas es algo que las parejas hacen.


Escoger cortinas es algo que los amigos hacen. Escoger cortinas no es algo que Pedro y Paula deberían hacer si quieren apegarse a sus reglas, pero absolutamente, positivamente, más que definitivamente, no quiero hacer
nada más.


Me encojo de hombros para hacer parecer mi respuesta mucho más casual de lo que es. —Seguro. Déjame cerrar mi puerta.




*****



—¿Cuál es tu color favorito? —le pregunto una vez que estamos en el ascensor. Estoy intentando enfocarme en la tarea en mano, pero no puedo negar el deseo de que estire su mano y me toque. Un beso, un abrazo... cualquier cosa. Sin embargo, estamos de pie en lados opuestos del ascensor. No nos hemos tocado desde la primera noche que tuvimos sexo.


Ni siquiera hemos hablado o nos hemos escrito mensajes desde eso.


—¿Negro? —dice, inseguro de su propia respuesta—. Me gusta el negro.
.

Sacudo mi cabeza. —No puedes decorar con cortinas negras.Necesitas color. Tal vez algo cercano al negro, pero no negro.


—¿Azul marino? —pregunta. Me doy cuenta que sus ojos ya no están enfocados en los míos. Sus ojos están desplazándose lentamente desde mi cuello todo el camino abajo hasta mis pies. En cualquier parte que sus ojos se enfocan, lo puedo sentir.


—Azul marino podría funcionar —digo tranquilamente. Estoy
bastante segura de que sólo estamos conversando por conversar. Puedo decir, por la forma en que está mirándome, que ninguno de los dos está pensando en colores, o cortinas, o alfombras.


—¿Tienes que trabajar hoy, Paula?.


Asiento. Me gusta que esté pensando en esta noche, y me encanta cómo la mayoría de sus preguntas terminan con mi nombre. Me encanta como dice mi nombre. Debería pedirle que diga mi nombre cada vez que me habla. —No debo estar hasta las diez.


El ascensor llega a la planta baja, y ambos nos movemos hacia la puerta al mismo tiempo. Su mano se conecta con mi espalda, y la corriente que se mueve a través de mi es innegable. Me han gustado chicos antes, diablos, he estado enamorada de chicos antes, pero ninguno de sus toques, alguna vez, me ha hecho responder de la forma en que el suyo lo hace.


Tan pronto como salgo del ascensor, su mano deja mi espalda. Soy más consciente de la ausencia de su toque ahora, que antes de que incluso me tocara. Cada pedacito que obtengo, lo ansío mucho más.


Cap no está en su sitio habitual. Sin embargo, eso no es una sorpresa, considerando que es sólo mediodía. Él no es una persona matutina. Tal vez es por eso nos llevamos tan bien.


—¿Te sientes con ganas de caminar? —pregunta Pedro.


Le digo que sí, a pesar del hecho de que hace frío afuera. Prefiero caminar, y estamos cerca de varias tiendas que deberían funcionar para lo que está buscando. Sugiero una tienda por la que pasé hace un par de semanas, y que está a solo dos cuadras de donde estamos.


—Después de ti —dice, sosteniendo la puerta abierta para mí. Salgo y cierro mi abrigo un poco más fuerte. De verdad dudo que Pedro sea el tipo de chico que sostiene manos en público, así que ni siquiera me preocupo de tener mis manos accesibles para él. Me abrazo a mí misma para mantenerme cálida, y comenzamos a caminar lado a lado.


Permanecemos callados la mayor parte del camino, pero estoy bien con eso. No soy alguien que siente la necesidad de una conversación constante, y estoy aprendiendo que él podría ser igual.


—Está justo aquí —digo, señalando a la derecha cuando llegamos a un paso peatonal. Bajo la mirada hacia un anciano sentado en la acera, envuelto en un fino y harapiento abrigo. Sus ojos están cerrados, y los guantes en sus manos temblorosas están llenos de hoyos.


Siempre he sido compasiva con las personas que no tienen nada, y tampoco a dónde ir. Gonzalo odia que nunca pueda pasar cerca de personas sin hogar sin darles dinero o comida. Dice que la mayoría de ellos están sin hogar porque tienen adicciones y que cuando les doy dinero, eso sólo
las alimenta.


Honestamente, no me importa si es el caso. Si alguien está sin hogar porque tiene una necesidad, por algo que es más fuerte que su necesidad por un hogar, no me desalienta en lo más minino. Tal vez porque soy una enfermera, pero no creo que la adicción sea una decisión. La adicción es
una enfermedad, y me duele ver a las personas forzadas a vivir de esta forma porque son incapaces de ayudarse a sí mismos.


Le hubiese dado dinero si hubiera traído mi bolso.


Me doy cuenta de que ya no estoy caminando cuando siento a Pedro mirar hacia atrás, en mi dirección. Está viéndome observar al anciano, así que recupero el ritmo y lo alcanzo. 


No digo nada para defender la expresión de preocupación en mi rostro. No tiene sentido. He pasado por esto con Gonzalo y sé que no deseo intentar cambiar todas las opiniones con las que no estoy de acuerdo.


—Esta es —digo, deteniéndome frente a la tienda.


Pedro deja de caminar e inspecciona el escaparate dentro de la ventana de la tienda. —¿Te gusta eso? —pregunta, señalando a la ventana.


Me acerco un paso y lo observo con él. Es el escaparate de un dormitorio, pero tiene los elementos que está buscando. 


La alfombra en el piso es gris con algunas figuras geométricas en varios tonos de azul y negro. De hecho
luce como algo que encajaría en su gusto.


Sin embargo, las cortinas no son azul marino. Son de un gris pizarra, con una sólida línea blanca atravesando verticalmente el lado izquierdo del panel.


—Si me gusta —respondo.


Se pone en frente de mí y abre la puerta para dejarme entrar primero. Una vendedora está caminando hacia el frente aún antes de que la puerta se cierre detrás de nosotros. Pregunta si puede ayudarnos a encontrar algo. Pedro señala la ventana. —Quiero esas cortinas. Cuatro de ellas. Y la alfombra.


La vendedora sonríe y hace señas para que la sigamos. —¿Que anchura y altura necesita?


Pedro saca su teléfono y le lee las medidas. Ella lo ayuda a escoger las barras de las cortinas y nos dice que regresara en pocos minutos. Se dirige a la parte de atrás y nos deja solos en la caja registradora. Miro alrededor, de repente desarrollando el deseo de escoger decoraciones para mi propio lugar. Planeo quedarme con Gonzalo por un par de meses más, pero no dolería tener una idea de lo que querría para mi propio lugar cuando finalmente me mude. Estoy deseando que sea tan fácil de comprar cuando llegue ese momento como lo fue hoy para Pedro.


—Nunca he visto a alguien comprar así de rápido —le digo.


—¿Decepcionada?


Rápidamente sacudo mi cabeza, si hay una cosa que no hago bien como toda chica, es comprar. De hecho, estoy aliviada de que sólo tomara un minuto.


—¿Crees que debería ver por más tiempo? —pregunta. Se está apoyando contra el mostrador ahora, observándome. Me gusta la forma en que me mira… como si yo fuera la cosa más interesante en la tienda.


—Si te gusta lo que ya escogiste, no sigas viendo. Cuando lo sabes, lo sabes.


Encuentro su mirada, y en el segundo en que lo hago, mi boca se seca. Se está concentrando en mí, y la expresión seria de su rostro me hace sentir incomoda, nerviosa e interesante, todo al mismo tiempo. Se aleja del mostrador y da un paso hacia mí.


—Ven aquí. —Sus dedos bajan y se envuelven alrededor de los míos, y comienza a arrastrarme detrás de él.


Mi pulso está siendo ridículo. Es triste, en realidad.


Sólo son dedos, Paula. No los dejes afectarte así.


Continúa caminando hasta que llega a un biombo de madera, decorado por afuera con escritura Asiática. Es el tipo de biombo que las personas colocan en las esquinas de los dormitorios. Nunca los entendí. Mi madre tiene uno, pero dudo que alguna vez se haya colocado detrás de él para cambiarse de ropa.


—¿Qué estás haciendo? —le pregunto.


Da la vuelta y me mira, aún sosteniendo mi mano. Sonríe y camina detrás del biombo, llevándome con él, así estamos los dos protegidos del resto de la tienda. No puedo evitar reír, porque se siente como si estuviéramos en la secundaria, escondiéndonos del profesor.


Su dedo encuentra mi labio. —Shh —susurra, sonriéndome
mientras observa mi boca.


Inmediatamente dejo de reír, pero no porque ya no encuentro esto divertido. Dejo de reír porque tan pronto como su dedo está presionado contra mis labios, olvido cómo reír.


Olvido todo.


Ahora mismo, la única cosa en la que puedo enfocarme es en su dedo mientras se desliza suavemente de mi boca hasta mi barbilla. Sus ojos siguen la punta de su dedo mientras continua moviéndose, siguiendo por mi garganta, todo el camino hasta mi pecho, abajo, abajo, abajo hasta
mi estómago.


Ese único dedo se siente como si estuviera tocándome con la sensación de mil manos. Mis pulmones y su incapacidad de seguir el ritmo son signos de eso.


Sus ojos aún están enfocados en el dedo mientras se detiene por encima de mis vaqueros, justo sobre el botón. 


No está haciendo contacto con mi piel, pero no sabrías eso basado en la rápida respuesta de mi pulso. Toda su mano comienza a tocarme ahora mientras ligeramente traza mi estómago por encima de mi camisa hasta que su mano se
encuentra con mi cintura. Ambas manos agarran mis caderas y me empujan hacia delante, asegurándome contra él.


Sus ojos se cierran brevemente, y cuando los abre de nuevo, ya no está mirando abajo. Está mirándome directamente.


—He estado esperando para besarte desde que entraste por mi puerta hoy —dice.


Su confesión me hace sonreír. —Tienes una paciencia increíble.


Su mano derecha deja mi cadera, y la sube a un lado de mi cabeza, tocando mi cabello tan suavemente cómo es posible. Comienza a negar con su cabeza en un lento desacuerdo. —Si tuviera una paciencia increíble, no estarías conmigo ahora mismo.


Me aferro a esa oración e inmediatamente intento descifrar el significado detrás de ella, pero en el segundo en que sus labios tocan los míos, ya no estoy interesada en las palabras que dejan su boca. Sólo estoy interesada en su boca y cómo se siente cuando invade la mía.


Su beso es suave y calmado, completamente opuesto a mi pulso. Su mano derecha se mueve hacia mi nuca, y su mano izquierda se desliza a la parte baja de mi espalda. 


Explora mi boca pacientemente, como si planeara mantenerme detrás de esta división por el resto del día.


Estoy convocando a cada parte de mi fuerza de voluntad que puedo hallar a fin de contenerme de envolver mis brazos y piernas alrededor de él. Estoy intentando buscar la paciencia que de alguna forma él muestra, pero es difícil cuando sus dedos, manos y labios pueden obtener este tipo
de reacciones físicas de mí.


La puerta del cuarto de atrás de abre, y el sonido de los tacones de la vendedora se oyen contra el piso. Deja de besarme, y mi corazón llora.


Por suerte, el llanto sólo puede sentirse, no escucharse.


En vez de alejarse y caminar de regreso al mostrador, lleva ambas manos a mi rostro y me sostiene mientras me mira en silencio por varios segundos. Su pulgar roza suavemente contra mi mandíbula, y suelta una respiración suave. Su ceño está fruncido, y sus ojos cerrados. Presiona su frente contra la mía, aún sosteniendo mi rostro, y puedo sentir su lucha interna.


—Paula.


Dice mi nombre tan suavemente que puedo sentir su lamento en las palabras que todavía no ha dicho. —Me gusta... —Abre sus ojos y me observa—. Me gusta besarte, Paula.


No sé por qué esa oración le pareció difícil de decir, pero su voz se apagó hacia el final, como si estuviera intentando detenerse de terminar sus palabras.


Tan pronto como la oración deja su boca, me suelta y rápidamente camina fuera de la división como si estuviera intentando escapar de su propia confesión.


Me gusta besarte, Paula.


A pesar del lamento que creo que siente por decirlo, estoy bastante segura que estaré repitiendo silenciosamente esas palabras por el resto del día.


Paso unos buenos diez minutos curioseando sin pensar, repitiendo su cumplido en mi cabeza una y otra vez mientras espero que termine su transacción. Está entregando su tarjeta de crédito cuando llego al mostrador.


—Le llevaremos esto en una hora —dice la vendedora. 


Devuelve la tarjeta de crédito y comienza a tomar las bolsas del mostrador para colocarlas detrás de ella.


Él toma una de las bolsas cuando la vendedora comienza a
levantarla—. Tomaré esta —dice. Luego, se da la vuelta y me mira. — ¿Lista?


Salimos, y de alguna forma se siente como si la temperatura hubiese descendido veinte grados desde que estuvimos afuera la última vez. Eso puede ser porque Pedro hizo que las cosas parecieran mucho más cálidas adentro.


Llegamos a la esquina, y comienzo a dirigirme hacia el complejo de apartamentos, pero noto que él ha dejado de caminar. Me doy la vuelta, y está sacando algo de la bolsa que está sosteniendo. Arranca una etiqueta, y una manta se desdobla..


No, no lo hizo.


Sostiene la manta para el anciano que todavía se encuentra en la acera. El hombre sube la mirada y toma la manta. 


Ninguno de ellos dice una palabra.


Pedro camina hasta un bote de basura cercano y lanza la bolsa vacía, luego regresa a mí mientras estoy mirando al suelo. Ni siquiera hace contacto visual conmigo cuando ambos comenzamos a caminar en dirección al complejo de apartamentos.


Quiero decirle gracias, pero no lo hago. Si le digo gracias, parecería que asumo que lo hizo por mí.


Sé que no lo hizo por mí.


Lo hizo por el hombre que tenía frío.




*****



Pedro me pidió que fuera a casa tan pronto como regresamos. Dijo que no quería que viera su apartamento hasta que tuviera todo decorado, lo cual era bueno, porque de todas formas, tenía mucha tarea con la cual ponerme al corriente. Realmente no tenía tiempo fuera de mi horario para colgar cortinas, así que aprecié que no esperara mi ayuda.


Parecía un poco entusiasmado acerca de colgar cortinas nuevas. Tan emocionado como Pedro podía parecer, de todas formas.


Han pasado varias horas desde que llegamos. Debo estar en el trabajo en menos de tres horas, y tan pronto cuando comienzo a preguntarme si va a pedirme que regrese, recibo un mensaje suyo.


Pedro: ¿Ya has comido?


Yo: Sí.


Estoy repentinamente decepcionada de haber cenado. Pero me cansé de esperarlo, y nunca dijo algo acerca de tener planes para la cena.


Yo: Gonzalo hizo pastel de carne anoche, antes de irse. ¿Quieres que te lleve un plato?


Pedro: Me encantaría eso. Estoy hambriento. Ven a ver ahora.


Sirvo un plato y lo envuelvo en papel de aluminio antes de dirigirme por el pasillo. Está abriendo la puerta antes de que pueda tocar. Toma el plato de mis manos. —Espera aquí —dice. Entra a su apartamento y regresa un segundo más tarde sin el plato—. ¿Lista?


No tengo idea de cómo sé que está entusiasmado, porque no está sonriendo. Sin embargo, puedo escucharlo en su voz. Hay un cambio sutil, y me hace sonreír, sabiendo que algo tan simple como colgar algunas cortinas lo hace sentir bien. No sé por qué, pero parece que no hay muchas cosas en su vida que lo hagan sentir de esa forma, así que me
gusta que esto lo haga.


Abre completamente la puerta, y doy unos pasos dentro del
apartamento. Las cortinas están puestas, y aunque es un cambio pequeño, se siente gigante. Saber que ha vivido aquí por cuatro años y apenas ahora está colocando cortinas le da a todo el apartamento una sensación diferente.


—Tomaste una buena decisión —le digo, admirando cuán bien combinan las cortinas con lo poco que sé de su personalidad.


Bajo la mirada a la alfombra, y puede ver la confusión mientras pasa por mi rostro.


—Sé que se supone que va debajo de la mesa —dice, mirándola también—. Lo hará. Eventualmente.


Está posicionada en un lugar extraño. No está en el centro del cuarto o siquiera en frente del sofá. Estoy confundida de por qué la colocó donde lo hizo, como si supiera donde luciría mejor.


—La dejé aquí porque estaba esperando que pudiéramos bautizarla primero.


Levanto la mirada y veo la adorable expresión esperanzada en su rostro. Me hace sonreír. —Me gusta esa idea —digo, volviendo a mirar la alfombra.


Un largo silencio pasa entre nosotros. No estoy segura si quiere bautizar la alfombra justo en este momento, o si quiere comer primero.


Estoy bien con cualquiera de las dos opciones. Mientras su plan encaje en mi marco de tiempo de tres horas.


Ambos estamos aún mirando la alfombra cuando habla de nuevo. — Comeré más tarde —dice, respondiendo la pregunta que estaba silenciosamente pasando a través de mi cabeza.


Saca su camisa, patea sus zapatos, y el resto de nuestras ropas eventualmente terminan juntas, al lado de la alfombra.