domingo, 19 de octubre de 2014

CAPITULO 54



PEDRO



En la actualidad...



Sus ojos finalmente encuentran el coraje para mirar los míos, pero
trato de no verla. Cuando realmente la miro, es demasiado. Cada vez que
estoy con ella, sus ojos, su boca, su voz y su sonrisa encuentran cada
punto vulnerable en mí para romperlo. Para aprovecharlo. Para
conquistarlo. Cada vez que estoy cerca de ella, tengo que luchar contra
ello, así que trato de no verla con otra cosa que mis ojos esta vez.
Dice que está aquí para despedirse, pero no es por eso que está aquí,
y lo sabe. Está aquí porque se enamoró de mí, aunque le dije que no lo
hiciera. Está aquí porque todavía tiene la esperanza de que pueda amarla
recíprocamente.
Quiero hacerlo, Paula. Quiero amarte tanto que duele, maldición.
Ni siquiera reconozco mi propia voz cuando le digo adiós. La falta de
emoción detrás de mis palabras podría ser malinterpretada como odio.
Muy lejos de la apatía que estoy tratando de transmitir, y un grito aún
más lejano de las ganas que tengo de rogarle que no se vaya.
Inmediatamente baja la mirada a sus pies. Puedo decir que mi
respuesta acaba de matarla, pero le he dado suficientes falsas esperanzas.
Cada vez que le permitía entrar, la lastima mucho más que cuando tengo
que apartarla.
Pero es difícil sentirse mal por ella, porque por mucho que esté
dolida, no conoce el dolor. No lo conoce como yo. Lo mantengo vivo. Lo
mantengo funcionando. Lo mantengo creciendo cada vez que lo
experimento.
Inhala y luego me mira con unos ojos un poco más rojos y brillantes.
—Te mereces mucho más de lo que te estás permitiendo tener. —Se
levanta de puntillas y coloca las manos sobre mis hombros, luego presiona
sus labios contra mi mejilla—. Adiós, Pedro.
Se da la vuelta y camina hacia el ascensor, justo cuando Gonzalo sale
a su encuentro. La veo levantar una de sus manos para secarse las
lágrimas.
La observo alejarse.
Cierro la puerta, esperando sentir el más mínimo murmullo de alivio
por el hecho de que fui capaz de dejarla a ir. En cambio, me encuentro con
la única sensación familiar que mi corazón es capaz de sentir: el dolor.
—Eres un maldito idiota —dice Ian detrás de mí. Me doy la vuelta, y
está sentado en el brazo del sofá, mirándome—. ¿Por qué no vas tras ella
ahora mismo?
Porque, Ian, odio este sentimiento. Odio cada sentimiento que provoca
en mí, porque me llena de todas las cosas que he pasado evitando los
últimos seis años.
—¿Por qué habría de hacerlo? —pregunto mientras me dirijo hacia
mi habitación. Hago una pausa con el golpe en la puerta principal.
Expulso un suspiro de frustración antes de volverme hacia la puerta, no
queriendo tener que rechazarla por segunda vez. Sin embargo, lo haré.
Incluso si tengo que dejarla con términos que la lastimarán aún más, tiene
que aceptar el hecho de que todo ha terminado. Lo dejé ir demasiado lejos.
Mierda, nunca debería haber permitido que comenzara incluso, con
nosotros sabiendo que sería más que probable que terminara de esta
manera.
Abro la puerta, pero aparece Gonzalo en mi línea de visión en lugar de
Paula. Quiero sentirme aliviado por el hecho de que está aquí en lugar de
ella, pero la mirada furiosa en su rostro hace que sea imposible sentirme
aliviado.
Antes de que pueda reaccionar, su puño conecta con mi boca, y doy
un traspiés hacia atrás, hacia el sofá. Ian impide mi caída, y recupero el
equilibrio antes de volverme hacia la puerta de nuevo.
—¿Qué demonios, Gonzalo? —grita Ian. Me está frenando,
suponiendo que quiero represalias.
No la quiero. Me lo merecía.
Gonzalo intercambia miradas entre nosotros, asentándose finalmente
en mí. Se lleva el puño al pecho y lo frota con la otra mano. —Todos
sabemos que debería haber hecho eso hace mucho tiempo. —Agarra el
pomo de la puerta y la cierra, desapareciendo de nuevo en el pasillo.
Me encojo de hombros, alejándome de las garras de Ian, y llevo una
mano a mis labios. Alejo los dedos y están teñidos de sangre.
—¿Y qué tal ahora? —dice Ian, esperanzado—. ¿Vas a ir tras ella
ahora?
Lo fulmino con la mirada antes de volver hacia mi dormitorio.
Ian se ríe a carcajadas. Es el tipo de risa que dice: Eres un jodido
idiota. Sólo que ya lo dijo, así que como que solo lo está repitiendo.
Me sigue a mi dormitorio.
Realmente no estoy de humor para esta conversación. Es bueno que
sepa cómo mirar a la gente sin mirarla en realidad.
Tomo asiento en la cama, y entra a mi habitación, inclinándose
contra la puerta. —Estoy cansado de esto, Pedro. Han pasado seis jodidos
años en los que te he visto caminar como un zombi por tu apartamento.
—No soy un zombi —digo rotundamente. —Los zombis no pueden
volar.
Ian voltea los ojos; obviamente no está de humor para bromas. Qué
bueno, porque no estoy de humor para hacerlas.
Continúa mirándome, así que tomo el teléfono y me tumbo en la
cama con el fin de fingir que no está aquí.
—Ha sido la primera cosa que te ha dado vida desde la noche en que
te ahogaste en ese maldito lago.
Lo lastimaré. Si no sale en este mismo segundo, lo lastimaré, joder.
—Vete.
—No.
Lo miro. Lo veo. —Vete a la mierda, Ian.
Camina a mi escritorio, saca la silla, y se sienta en ella. —Jódete,
Pedro —dice—, aún no he terminado.
—¡Vete!
—¡No!
Dejo de luchar contra él. Me levanto y salgo yo.
Me sigue. —Déjame hacerte una pregunta —dice, siguiéndome a la
sala.
—¿Y luego te irás?
Asiente. —Y luego me iré.
—Está bien.
Me mira en silencio por unos momentos.
Espero pacientemente por su pregunta para que pueda salir antes
de que lo lastime.
—¿Qué pasaría si alguien te dijera que pudiera borrar toda esa
noche de tu memoria, pero al hacerlo, también tendrían que borrar cada
cosa buena? Todos los momentos con Romina. Cada palabra, cada beso,
cada te amo. Cada momento que tuviste con tu hijo, por más breve que
fuera. El primer momento que viste a Romina sostenerlo. El primer
momento en que tú lo sostuviste. La primera vez que lo escuchaste llorar o
lo viste dormir. Todo eso. Borrado. Para siempre. Si alguien te dijera que
pudiera deshacerse de las cosas feas, pero que también perderías todas las
otras cosas… ¿lo harías?
Piensa que me está preguntando algo que nunca me he preguntado
antes. ¿Cree que no me siento y me pregunto acerca de estas cosas todos
los putos días de mi vida?
—No dijiste que tenía que responder a tu pregunta. Solo preguntaste
si podías hacerla. Puedes irte ahora.
Soy la peor clase de persona.
—No puedes responderla —dice—. No puedes decir que sí.
—Tampoco puedo decir que no —digo—. Felicidades, Ian. Me dejaste
perplejo. Adiós.
Empiezo a caminar de regreso a mi habitación, pero dice mi nombre
otra vez. Me detengo, pongo las manos en mis caderas y dejo caer la
cabeza. ¿Por qué no se detiene y ya? Han pasado seis malditos años.
Debería saber que esa noche me hizo quien soy ahora. Debería saber que
no voy a cambiar.
—Si te hubiera preguntado eso hace unos meses, habrías dicho que
sí antes de que la pregunta saliera de mi boca —dice—. Tu respuesta
siempre ha sido que sí. Habrías dado cualquier cosa para no tener que
volver a vivir esa noche.
Me doy la vuelta y se dirige hacia la puerta. La abre, luego hace una
pausa y me enfrenta de nuevo. —Si estar con Paula por unos pocos meses
pudo hacer que el dolor fuera lo suficientemente soportable como para que
pudieras responder con un tal vez, imagina lo que toda una vida con ella
podría hacer por ti.
Cierra la puerta.
Cierro los ojos.
Algo sucede. Algo dentro de mí. Es como si sus palabras hubieran
creado una avalancha del glaciar que rodea mi corazón. Siento trozos de
hielo endurecido desprenderse y caer al lado de todas las otras piezas que
se han desprendido desde el momento en que conocí a Paula.



*****



Salgo del ascensor y camino hacia la silla vacía al lado de Cap. Ni siquiera reconoce mi presencia con contacto visual. 


Está mirando a través del vestíbulo hacia la salida.


—Acabas de dejarla ir —dice, ni siquiera intenta de ocultar la decepción en su voz.


No respondo.


Se apoya contra los brazos de la silla, reposicionándose a sí mismo.


—Algunas personas… se vuelven más sabias a medida que crecen.Desafortunadamente, la mayoría de la gente apenas crece. —Se da vuelta para mirarme—. Tú eres una de las que sólo ha estado volviéndose viejas, porque eres tan estúpido como lo eras el día en que naciste.


Cap me conoce lo suficientemente bien como para saber que esto es lo que tenía que suceder. Me conoce de toda la vida; habiendo trabajado en el área de mantenimiento en los edificios de apartamentos de mi padre desde antes que yo naciera. Antes de eso, trabajó para mi abuelo haciendo lo mismo. Lo que garantiza que prácticamente sabe más sobre mí y mi familia que yo. —Tenía que pasar, Cap —digo, excusando el hecho de que dejé ir a la única chica que ha sido capaz de llegar a mí en más de seis años.


—Tenía que pasar, ¿eh? —refunfuña.


Por el tiempo que lo he conocido y por las muchas noches que he pasado aquí hablando con él, nunca me dio una opinión sobre las decisiones que he tomado. Sabe la vida que elegí después de Romina. Me da consejos llenos de sabiduría aquí y allá, pero nunca su opinión. Me escuchó ventilar sobre la situación con Paula durante meses, y siempre se sentó en silencio, con la paciencia de escucharme, nunca dándome consejos. Eso es lo que me gusta de él.


Creo que todo está a punto de cambiar.


—Antes de que me des un sermón, Cap —digo, interrumpiéndole antes de que tenga la oportunidad de continuar—, sabes que estará mejor así. —Me doy vuelta y lo miro—. Sabe que lo estará.


Cap se ríe, asintiendo. —Eso es malditamente seguro.


Lo miro con incredulidad. ¿Acaba de estar de acuerdo conmigo?


—¿Estás diciendo que tomé la decisión correcta?


Permanece en silencio por un segundo antes de soltar un suspiro.


Su expresión se contorsiona como si sus pensamientos no fueran algo que quiera que compartir. Se relaja en su silla y se cruza de brazos. —Me dije que nunca me involucraría en tus problemas, muchacho, porque para que un hombre de consejos, pues lo mejor es saber de qué demonios está
hablando. Y Dios sabe que en mis ochenta años nunca he pasado por nada como lo que has pasado. No sé nada acerca de cómo se sintió o lo que te hizo. Sólo pensar en esa noche hace que mi estómago duela, y sé que a ti también te duele. Y tu corazón. Y tus huesos. Y tu alma.


Cierro los ojos, deseando poder cerrar mis oídos en su lugar. No quiero escuchar esto.


—Ninguna de las personas en tu vida sabe lo que se siente ser tú. Ni yo. Ni tu padre. Ni esos amigos tuyos. Ni siquiera Paula. Sólo hay una persona que siente lo que tú sientes. Sólo una persona a la que le duele como te duele. Sólo el padre de ese bebé que le echa de menos la misma forma que tú lo haces.


Mis ojos están cerrados herméticamente, y estoy haciendo todo lo posible para respetar el final de la conversación, pero está tomándome todo lo que tengo no levantarme e irme. No tiene derecho a meter a Romina en esta conversación.


Pedro —dice en voz baja. Hay determinación en su voz, como si necesitara que me lo tome en serio. Siempre lo hago—. Tú crees que le quitaste a esa chica la posibilidad de ser feliz, y hasta que te enfrentes a ese pasado, nunca seguirás adelante. Vas a estar reviviendo ese día todos los días, hasta el día de tu muerte, a menos que vayas a ver por tus propios ojos que esté bien. Entonces tal vez verás que está bien que tú también seas feliz.


Me inclino hacia delante y paso las manos por mi cara, luego descanso los codos sobre las rodillas y bajo la mirada. 


Observo mientras una lágrima cae de mis ojos y cae en el suelo bajo mis pies. —¿Y qué pasa si ella no está bien? —susurro.


Cap se inclina hacia adelante y pone las manos entre sus rodillas.


Me doy vuelta y lo miro; por primera vez en los veinticuatro años que lo conozco, veo lágrimas en sus ojos. —Entonces no creo que algo cambie.
Puedes seguir sintiéndote como que no te mereces una vida por arruinar la suya. Puedes seguir evitando todo lo que podría hacer que sientas de nuevo. —Se inclina hacia mí y baja la voz—. Sé que la idea de enfrentarte a tu pasado te aterroriza. Le aterroriza a todo hombre. Pero a veces no lo
hacemos por nosotros mismos. Lo hacemos por la gente que amamos más que a nosotros mismos.

CAPITULO 53




PAULA


—Última carga —dice Gonzalo, recogiendo las dos cajas restantes.


Le entrego a Gonzalo la llave de mi nuevo lugar. —Daré una vuelta más y nos encontraremos allí. —Le abro la puerta, y sale del apartamento.


Me quedo allí, mirando la puerta al otro lado del pasillo.


No lo he visto ni hablado con él desde la semana pasada.


Egoístamente, he estado esperando que apareciera y me diera una disculpa, pero de nuevo, ¿por qué se disculparía siquiera? Nunca me mintió. Nunca expresó las promesas que rompió.


Las únicas veces que no fue brutalmente honesto conmigo fueron en las que no habló. Las veces que me miraba y yo asumía que los sentimientos que veía en sus ojos eran más de lo que él podía expresar.


Ahora es evidente que lo más probable es que yo inventara esos sentimientos de su parte para que coincidieran con los míos. La emoción ocasional detrás de sus ojos cuando estábamos juntos fue obviamente producto de mi imaginación. Un producto de mi esperanza.


Exploro el apartamento una vez más para asegurarme de que empaqué todo. Cuando salgo y cierro con llave la puerta de Gonzalo, mis movimientos caen bajo el mando de algo con lo que no estoy familiarizada.


No puedo decir si es valentía o desesperación, pero mi mano se vuelve un puño, y ese puño llama a su puerta.


Me digo a mí misma que si pasan diez segundos y la puerta no se abre, soy libre de escaparme hacia el ascensor.


Por desgracia, se abre después de siete.


Mis pensamientos comienzan a alborotarse con racionalidad
mientras la puerta se abre más. Antes de que esta gane y yo huya, Ian aparece en la puerta. Sus ojos cambian de complaciente a simpático cuando me ve parada ahí.


—Paula —dice, coronando mi nombre con una sonrisa. Noto el desvío de su mirada hacia la habitación de Pedro antes de que sus ojos regresen a los míos—. Déjame avisarle —dice.


Siento el ascenso de mi asentimiento, pero mi corazón está
descendiendo, escalando por mi pecho, a través de mi estómago, y cayendo directamente al suelo.


—Paula está en la puerta —oigo decir a Ian. Inspecciono cada palabra, cada sílaba, en busca de una pista donde pueda encontrar una. Quiero saber si puso los ojos en blanco cuando dijo eso o si lo hizo esperanzado.


Si alguien sabe cómo se sentiría Pedro conmigo frente a su puerta, ese sería Ian. Desafortunadamente, la voz de Ian no puede darme una idea de cómo se sentirá Pedro sobre mi presencia.


Escucho pasos. Disecciono el sonido de estos mientras se acercan a la sala de estar. ¿Son pasos apresurados? ¿Indecisos? ¿Enfadados?


Cuando llega a la puerta, mis ojos caen primero sobre sus pies.


No obtengo nada de ellos. No hay pistas que me ayuden a encontrar la confianza que necesito tan desesperadamente en este momento.


Ya puedo saber que mis palabras saldrán roncas y débiles, pero me obligo a decirlas de todos modos. —Me voy —digo, aun mirando sus pies—. Sólo quería despedirme.


No hay una reacción inmediata por su parte, física o verbal. 


Mis ojos finalmente hacen el valiente viaje hasta los suyos. 


Cuando veo la mirada estoica en su rostro, quiero retroceder, pero tengo miedo de tropezar con mi corazón.


No quiero que me vea caer.


El arrepentimiento por tomar la decisión de llamar a su puerta me consume con la brevedad de su respuesta.


—Adiós, Paula.

sábado, 18 de octubre de 2014

CAPITULO 52




PEDRO



Seis años antes...
Nos fuimos a casa. No a nuestra casa.
Romina quería a Lisa. Romina necesita a su madre.
Como que yo necesito a mi padre.
Cada noche la abrazo. Cada noche le digo que lo siento. Cada noche
lloramos.
No entiendo cómo puede ser tan perfecto. Cómo la vida y el amor y la
gente pueden ser tan perfectos y hermosos.
Y entonces, no. Son tan feos.
La vida y el amor y la gente se vuelven feos.
Todo se convierte en agua.
Esta noche es diferente. Esta noche es la primera en tres semanas
que no llora. La abrazo de todos modos. Quiero alegrarme de que no esté
llorando, pero me asusta. Sus lágrimas significan que siente algo. Incluso
si ese algo es devastador, aún sigue siendo algo. No hay lágrimas esta
noche.
La abrazo de todos modos. Le digo que lo siento de nuevo.
Nunca me dice que está bien.
Nunca me dice que no es mi culpa.
Nunca me dice que me perdona.
Sin embargo, me besa esta noche. Me besa y se quita la camisa. Me
dice que le haga el amor. Le digo que no deberíamos. Le digo que
supuestamente deberíamos esperar dos semanas más. Me besa, así dejaré
de hablar.
Le devuelvo el beso.
Romina me ama de nuevo.
Creo.
Me está besando como si me amara.
Soy amable con ella.
Voy lento.
Me toca la piel como si me amara.
No quiero hacerle daño.
Llora.
Por favor, no llores, Romina.
Me detengo.
Me dice que no lo haga.
Me dice que acabe.
Acabar.
No me gusta esa palabra.
Como si esto fuera un trabajo.
La beso de nuevo.
Acabo.


***



Pedro,
Romina me escribió una carta.
Lo siento.
No.
No puedo hacer esto. Duele mucho.
No, no, no.
Mi madre me llevará de vuelta a Phoenix. Ambas nos
quedaremos allí. Todo es demasiado complicado, incluso ahora entre
ellos dos. Tú papá ya lo sabe.
Los Clayton unen familias.
Los pedros las destrozan.
Intenté quedarme. Intenté amarte. Cada vez que te miro, lo veo.
Todo es él. Si me quedo, todo siempre será él. Lo sabes. Sé que lo
entiendes. No debería culparte.
Pero lo haces.
Lo siento tanto.
¿Dejaste de amarme con una carta, Romina?
Con amor,
Lo siento. Todas las partes feas de ello. Está en mis poros. Mis
venas. Mis recuerdos. Mi futuro.
Romina.
La diferencia entre el lado feo y el lado hermoso del amor es que el
hermoso es mucho más ligero. Te hace sentir como si flotaras. Te eleva. Te
lleva.
Las partes hermosas del amor te mantienen por encima del mundo.
Te sujetan tan fuertemente sobre todas las cosas malas, que simplemente
miras hacia abajo a todo lo demás y piensas: Vaya, me alegra tanto estar
aquí arriba.
A veces, las partes hermosas del amor regresan a Phoenix.
Las partes feas de éste son demasiado pesadas para regresar a
Phoenix. No pueden elevarte.
Te hacen
C
A
E
R.
Te sujetan.
Te ahogan.
Alzas la vista y piensas: desearía estar ahí arriba.
Pero no lo estás.
El amor feo te convierte.
Te consume.
Te hace odiarlo todo.
Te hace darte cuenta de que todas las partes hermosas ni siquiera
valen la pena. Sin la belleza, nunca te arriesgarás a sentirte así.
Nunca te arriesgarás a sentir la fealdad.
Así que renuncias. Renuncias a todo. No quieres amar de nuevo, no
importa cual tipo sea, porque ninguno será jamás digno de hacerte pasar
por el amor feo de nuevo.
Nunca me dejaré amar a nadie más, Romina.
Nunca.

CAPITULO 51





PAULA



Mis manos están sobre él, frotando su espalda, tocando su pelo.


Está llorando, y lo único que puedo hacer es decirle que no importa.


Quiero decirle que olvide todo lo que he dicho esta noche. 


Quiero hacer lo que pueda para quitarle el dolor, porque lo que sea que ocurriese no debería importar. Pasara lo que pasara, nadie merece sentirse así ahora mismo.


Aparto los brazos de su cara, luego los deslizo sobre su regazo.


Sostengo su rostro en mis manos y lo inclino hacia el mío. 


Mantiene los ojos cerrados. —No tengo que saberlo, Pedro.


Envuelve mi espalda con sus brazos y entierra la cara contra mi pecho. Sus fuertes respiraciones aumentan de ritmo a medida que intenta hacer retroceder sus emociones. Mis brazos envuelven su cabeza, y beso su pelo, luego hago un sendero por un lado de su cara hasta que se echa hacia atrás y me mira.


Ninguna cantidad de armaduras en el mundo o cualquier muro lo suficientemente grueso puede ocultar la actual devastación en sus ojos.


Destaca mucho, y hay tanta, que tengo que aguantar la respiración para no llorar con él.


¿Qué te ha ocurrido, Pedro?


—No tengo que saberlo —susurro de nuevo, sacudiendo la cabeza.


Sus manos se mueven hasta mi nuca, y presiona su boca en la mía, dura y dolorosamente. Se inclina hasta que mi espalda toca el suelo. Sus manos me quitan la camisa, y me está besando con desesperación, furiosamente, llenando mi boca con el sabor de sus lágrimas.


Lo dejo usarme para deshacerse de su dolor.


Haría lo que quisiera, siempre y cuando dejara de dolerle como lo hace.


Desliza las manos bajo mi falda y comienza a quitarme la ropa interior al mismo tiempo que engancho mis pulgares en la cintura de sus pantalones y los bajo. Mis bragas llegan a los tobillos y las aparto, justo cuando me toma ambas manos y las sitúa por encima de mi cabeza, presionándolas contra el suelo.


Deja caer su frente sobre la mía, pero no me besa. Cierra los ojos, pero mantengo los míos abiertos. No pierde el tiempo y se coloca entre mis piernas, extendiéndolas más ampliamente. Mueve la frente a un lado de mi cara, luego se desliza en mí lentamente. Cuando está totalmente dentro,
exhala, liberando un poco de su dolor. Alejando su mente de ese horror por el que acaba de pasar.


Sale, luego vuelve a empujarse dentro de mí, esta vez con toda su fuerza.


Duele.


Dame tu dolor, Pedro.


—Dios mío, Romina—susurra.


Dios mío, Romina…


Romina, Romina, Romina.


Esa palabra se repite en mi cabeza.


Dios.


Mío.


Romina.


Volteo mi cabeza. Es el peor dolor que he sentido nunca.


Absolutamente el peor.


Su cuerpo inmediatamente se queda quieto cuando se da cuenta de lo que ha dicho. Lo único moviéndose entre nosotros ahora mismo son las lágrimas cayendo de mis ojos.


—Paula —murmura, rompiendo el silencio entre nosotros—. Paula, lo siento tanto.


Niego, pero las lágrimas no se detienen. En algún lugar muy dentro de mí, siento algo endurecerse. Algo que una vez fue líquido se congela completamente, y es en este momento que sé que esto es todo.


Ese nombre.


Lo dice todo. Nunca tendré su pasado, porque ella sí.



Nunca tendré su futuro, porque se niega a dárselo a alguien que no sea ella.


Y nunca sabré por qué, porque nunca me lo contará.


Comienza a salirse de mí, pero aprieto las piernas a su alrededor.


Suspira fuertemente contra mi mejilla. —Lo juro por Dios, Paula. No estaba pensando en…


—Para —susurro. No quiero oírlo defender lo que acaba de pasar—. Sólo acaba, Pedro.


Alza la cabeza y me mira. Veo la disculpa, tan clara como el día, escondida detrás de las lágrimas frescas. No sé si son mis palabras las que lo han cortado de nuevo o el hecho de que ambos sabemos que esto es todo, pero parece que su corazón se ha roto de nuevo.


Si eso es incluso posible.


Una lágrima cae de sus ojos y aterriza en mi mejilla. La siento rodar y mezclarse con una de las mías.


Sólo quiero que esto termine.


Envuelvo una mano alrededor de su nuca y empujo su boca sobre la mía. Ya no se mueve en mi interior, así que arqueo la espalda, presionando las caderas fuertemente contra las suyas. Gime en mi boca y se mueve una vez, luego se detiene de nuevo. —Paula—dice otra vez contra mis labios.


—Sólo acaba, Pedro —le digo a través de mis lágrimas—. Sólo acaba.


Coloca una palma contra mi mejilla y presiona los labios en mi oído.


Ambos estamos llorando mucho más ahora, y puedo ver que soy más para él que esto. Sé que lo soy. Siento lo mucho que quiere amarme, pero lo que sea que lo esté deteniendo es más de lo que puedo conquistar. Rodeo su cuello con mis brazos. —Por favor —suplico—. Por favor, Pedro. —Estoy llorando, suplicando por algo, pero ya ni siquiera sé por qué.


Se empuja contra mí. Más fuerte esta vez. Tan fuerte que me aparta de él, por lo que coloca sus brazos bajo mis hombros y los rodea con sus manos, manteniéndome sujeta mientras se empuja repetidamente en mi interior. Fuertes, largas y profundas estocadas que nos fuerzan a ambos a
gemir con cada movimiento.


—Más fuerte —suplico.


Se empuja más fuerte.


—Más rápido.


Se mueve más rápido.


Estamos luchando por respirar entre nuestras lágrimas. Es intenso.


Es desgarrador. Es devastador.


Es feo.


Se ha terminado.


Tan pronto como su cuerpo se queda inmóvil sobre el mío, empujo contra sus hombros. Se aparta de encima. Me siento y me limpio los ojos con las manos, luego me levanto y me pongo la ropa interior. Sus dedos se envuelven alrededor de mi tobillo. Los mismos que envolvió en el mismo tobillo la noche que nos conocimos.


—Paula —dice, su voz plagada de todo. Cada emoción se enrolla en sí misma sobre cada letra de mi nombre cuando sale de su boca.


Me alejo de su agarre.


Me dirijo a la puerta, aun sintiéndole dentro de mí. Aun saboreando su boca sobre la mía. Aun sintiendo las manchas de su lágrima en mi mejilla.


Abro la puerta y salgo.


La cierro detrás de mí, y es la cosa más difícil que jamás he hecho.


Ni siquiera puedo caminar el metro necesario hasta mi piso.


Colapso en el pasillo.


Soy líquida.


Nada más que lágrimas.